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Por supuesto, no me engañaba del todo, no podía ignorar las consecuencias de mi comportamiento cuando me detenía a hacer un balanace de mi vida, lo cual procuraba que no sucediera a menudo.
Yo era como una luna perdida -una luna cuyo planeta había resultado destruído, igual que en algún guión de una película de cataclismos y catástrofes- que, sin embargo, había ignorado las leyes de gravedad para seguir orbitando alrededor del espacio vacío que había quedado tras el desastre.
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